Relato

Un día en algún lugar

Aquel día me levanté algo nerviosa. La verdad que para ser una chabola junto al rio había descansado mejor de lo que imaginaba. Suelo tener problemas para dormir.
Aún no sabía el día que me esperaba, y lo recuerdo perfectamente, era mi cumpleaños. La temperatura era ideal para la época del año que estábamos.
Había llegado el día anterior, de noche, y en una furgoneta destartalada, pero si algo supe desde el principio es que aquel rincón del mundo, en medio de la selva, tenia magia. La energía allí podía sentirse, casi podía tocarse. La vida allí estaba mucho más viva.

Cuando viajo disfruto mucho de la comida, más aun del desayuno, según abro los ojos es lo primero que pienso, y aquella mañana no podía ser menos. Recargué las pilas como sólo en Centro América saben, aquel plato contenía de todo. Un placer para la vista, y mucho más para el paladar.

El sol asomaba tímidamente, aún era temprano, pero estaba claro que brillaría con fuerza pasadas unas horas.

Cualquiera me hubiera tachado de loca cuando me dio por seguir a aquel lagarto de agua, quizá me sentí identificada con esa pasión por el mundo acuático, o quizá simplemente me dejé llevar por aquel impulso infantil de perseguir lagartijas, hasta que me agotaba, o hasta que las dejaba sin cola. Pero aquel lagarto era diferente al resto, no podía defraudarme, vi el brillo en sus ojos.
En efecto, el lugar al que llegué era al que tenia que llegar. El agua era cristalina y corría libremente de poza en poza, bajaba cada escalón natural de una forma hipnótica. No pude hacer otra cosa  que meterme, dejarme fluir, y mimetizarme con el entorno. Era un oasis en medio de la naturaleza.

Lo volví a ver, saltaba, incluso alardeó de su capacidad de correr sobre el agua. Pude seguirlo antes de perderle de vista. El lugar en el que se metió, de primeras me dio un poco de respeto, no era para menos. Reinaba la oscuridad absoluta, y el agua empezó a cubrirme las rodillas. Me llegó a la cintura. Mi única preocupación era no golpearme la cabeza.
Aquel joven, que perfectamente podría haberse llamado Mowgli, me mostró la salida, con una destreza increíble y con la única luz de un cirio, que aguantó para mi sorpresa todo el camino. Había perdido al lagarto, pero había vuelto a la luz del día, nunca me ha entusiasmado la espeleología.

Desde la rivera de aquel caudaloso río, pude observar como unos todo terrenos cruzaban aquel puente de tablones tan poco seguro. Pero mi camino no era ese.
Unos neumáticos de un negro brillante se balanceaban por la corriente del río, atados a un tronco. Quizá ese joven no era el dueño de aquello, pero me bastó con su aprobación, mi objetivo estaba claro. Y me deje guiar por el agua y sus envestidas. Sin rumbo fijo y con el simple deseo de disfrutar.

Guate, como ellos la llaman, tan pura y tan salvaje.

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